martes, 28 de julio de 2026

RESISTENCIA CULTURAL: CUANDO EL ARTE DECIDE NO GUARDAR SILENCIO.

 


La cultura nunca ha sido un territorio neutral. En todas las épocas, los proyectos políticos han comprendido que quien logra orientar la memoria, el lenguaje, la educación y la creación artística también influye sobre la manera en que una sociedad se piensa a sí misma. Por ello, las disputas culturales no son un fenómeno nuevo: son parte de la historia de las democracias y también de sus momentos de mayor tensión.

 En Colombia asistimos a un escenario en el que diferentes funcionarios designados del nuevo gobierno han comenzado a hablar de una "guerra cultural".

 En el debate público, figuras como Enrique Serrano, Paola Holguín y Viviane Morales han sido asociadas por algunos analistas y sectores sociales con una agenda de transformación cultural y educativa desde una perspectiva conservadora. Sus planteamientos han generado respaldo entre quienes consideran necesario fortalecer determinados valores tradicionales, pero también preocupación entre artistas, gestores culturales, académicos y comunicadores que temen posibles restricciones a la diversidad de pensamiento y de creación.

Más allá de las diferencias ideológicas, la discusión fundamental no debería ser quién controla la cultura, sino cómo garantizar que la cultura permanezca como un espacio de libertad.

La historia demuestra que las sociedades florecen cuando permiten la coexistencia de múltiples voces. La creación artística pierde su esencia cuando se convierte en instrumento de obediencia, cuando el creador siente que debe adecuar su obra a una única visión del mundo para acceder a oportunidades, financiación o reconocimiento.

 El arte no nació para confirmar verdades oficiales. Nació para formular preguntas.

 Los trabajadores del arte y la cultura conocemos bien esta realidad. El teatro, el circo, la música, la literatura, el cine, la danza, el periodismo cultural y las expresiones populares han sobrevivido durante décadas a crisis económicas, censuras, violencia y abandono institucional. Su fortaleza proviene precisamente de su diversidad.

 El circo tradicional colombiano constituye un ejemplo elocuente. Durante generaciones, las familias circenses transmitieron sus saberes sin depender de gobiernos ni de coyunturas políticas. La pista siempre fue un lugar donde cabían todas las personas, independientemente de su origen, su condición social o sus ideas. Esa tradición representa una valiosa lección para el presente: la cultura crece cuando permanece abierta y plural.

 Por ello resulta necesario que el debate público no derive en la descalificación del pensamiento diferente. Ningún proyecto político debería aspirar a definir qué arte merece existir, qué memorias deben conservarse o qué expresiones culturales son legítimas. La riqueza cultural de Colombia reside precisamente en su diversidad étnica, regional, estética y filosófica.

En este contexto, considero que los trabajadores del arte, la cultura y la comunicación debemos fortalecer una gran “Resistencia Cultural”. No como un movimiento de confrontación violenta ni como una plataforma partidista, sino como un frente unido amplio en defensa de principios democráticos fundamentales:

La libertad de creación artística.

v  La libertad de expresión.

v  La autonomía de los procesos culturales.

v  La protección del patrimonio material e inmaterial.

v  La investigación independiente.

v  La circulación libre de las ideas.

v  La diversidad estética, territorial y cultural.

v  El respeto por todas las manifestaciones artísticas.

Esta resistencia cultural no pretende imponer una ideología sobre otra. Su propósito es impedir que cualquier ideología —sea cual sea su origen— monopolice la vida cultural del país.

La cultura no pertenece a un gobierno. Tampoco pertenece a un partido político. Pertenece a la sociedad.

Los artistas no somos soldados de ninguna guerra cultural. Somos constructores de memoria, imaginación y pensamiento crítico. Nuestro compromiso es con la libertad de crear, de investigar, de representar y de dialogar.

Si algún día el miedo reemplaza a la imaginación, la cultura dejará de ser un espacio de encuentro para convertirse en un mecanismo de uniformidad. Ese sería un empobrecimiento para toda la nación.

Por eso, hoy más que nunca, la respuesta debe ser la organización democrática de quienes creen en la cultura como un derecho, un patrimonio vivo y un bien común. Una “Resistencia Cultural” que convoque a artistas, investigadores, docentes, gestores, periodistas culturales, colectivos comunitarios y ciudadanos a defender el pluralismo, la deliberación y la libertad creadora.

Porque las obras pueden ser discutidas, criticadas o incluso rechazadas. Lo que nunca debería ponerse en cuestión es el derecho de una sociedad a imaginarse a sí misma desde múltiples voces.

Defender la cultura es, en última instancia, defender la democracia.

 TIO MEMO